Amor, nada más importa…

LE DÍ LA VIDA. Pero no me quedó muy claro si fui yo quien dió la vida a mi hijo o mi hijo quien me dió la vida a mí. Está claro que yo le dí la vida, pero él me devolvió la mía.

Esta es mi historia, la que sólo yo puedo contaros y la que nadie más podría hacerlo. Esta es mi historia, la que cambió mi vida, la que me hizo ser yo, la que me dio la vida al mismo tiempo que a mi rey.

Mi vida cambió el día del parto. A pesar de que cuando una se entera del embarazo, la vida cambia, parece ser que mi vida tardó un poco más en cambiar de color. Fueron esos días de parto los que me hicieron ver las cosas de otra manera, pero fue el día que tuve a mi hijo en los brazos cuando ví que nada más importa y que mi vida ahora era él.

El día 24 de enero fui a revisión, yo ya estaba cumplida de 4 días. En esa revisión, sin pedir permiso me hicieron un tacto. Me explicaron lo que significaba todo y para lo que podía servir, pero poco permiso me pidieron. Casi que fue sin mi permiso. A pesar de eso, no salí muy disgustada, pues lo peor no había llegado. Cómo pueden existir médicos con tan poca sensibilidad. En fin, ya veréis por qué digo todo esto.

Ese día, el 24 de enero, fue un día muy raro. Rarísimo. Aunque debo decir que no malo. Me habían revisado todo y parece ser que mi pequeño estaba bien, no había nada malo, sólo que no estaba de parto y por eso me hicieron el tacto. Una vez me fui de allí, al poco tiempo empecé a tener como dolor de menstruación, que me venía y se iba a su manera. Y, a las tres de la tarde del 24 de enero recuerdo expulsar parte del tapón mucoso. Eso ya me empezó a decir que algo pasaba. Pero, cómo todo el mundo decía que desde que empiezas a expulsar el tapón hasta expulsarlo entero pueden pasar hasta 10 días, dejé de preocuparme tanto, aunque no del todo.

Llegué a casa y recuerdo que estuve prácticamente todo el tiempo pensando en lo mismo, en sí aquello era indicio de que todo iba a comenzar. Hasta lo hablé con una amiga que ya había parido tres veces. Ella me dijo que me preparase, que eso era el inicio del parto y que yo ya estaba de parto aunque no lo percibiera. Y, a las doce de la noche aproximadamente me fui a la cama a dormir.

Pasó una hora y yo no podía dormir, los dolores de «regla» parecían aumentar y aumentar y, despertaba a mi marido con mi incomodidad de no poder dormir, así que llegaron las tres o las cuatro de la mañana y seguían ahí mis dolores, aumentando levemente. Poco a poco fui pensando que aquello ya no era normal, pero esperaba, esperaba a ver qué ocurría mientras contaba los minutos entre dolor y dolor.

Mi marido que se había ido a descansar al sillón y dejarme a mí descansar en la cama no durmió a penas tampoco, pues a las siete menos algo de la mañana yo estaba llamándolo y diciéndole que mis dolores habían crecido y que yo no había ni dormido. Aquello era algo nuevo para mí, por lo que concebí que era el momento. Había llegado el momento de llevar a cabo lo que yo pensaba que era mi plan de parto.

Entonces comencé. Le dije a mi marido que me acompañase a darme un baño para ver si los dolores disminuían. El baño fue una de las partes del parto que recuerdo bastante bien por el hecho de que fue algo bonito. Él estaba allí ayudando a que me sintiera mejor y eso hacía que sí, que me hiciera sentirme mejor. Pero los dolores no se paliaron, parecían seguir la misma pauta prácticamente. Entre dolor y dolor pasaban siete minutos, otras veces cinco o tres minutos, eran contracciones pero irregulares. Lo que me hacía pensar que el bebé aún no venía.

Pero el hecho de existir un intervalo corto entre contracción y contracción nos hizo pensar que debíamos marchar al hospital que me dieran alguna razón o respuesta. Nos fuimos para el hospital a las nueve de la mañana del día 25 de enero.

Una vez llegamos, todo fue muy rápido, pues me subieron desde urgencia a ginecología para ver qué ocurría. Me hicieron un tacto y vieron que había expulsado tapón pero que aún faltaba el 80% por borrar. Entonces vino mi desesperación: quedaba mucho tiempo para el momento de encuentro con mi pequeño.

Al haber pasado una larga y dura noche con dolores, el matrón que me atendió decidió ponerme un poco de calmante para ver si así descansaba algo mientras empezaba todo. Ese era su punto de vista, pues yo ya no iba descansar hasta ver a mi niño. Una vez me puso el calmante es verdad que los dolores frenaron su intensidad, pero no dormí ni un poco. Todo eso transcurrió en una sala de dilatación. Me volvieron a observar a eso del mediodía y nada, todavía faltaba mucho.

Me subieron a planta y allí empezaron a llegar todos, más y más gente. Familia, sí. Pero en ese momento una no quiere ver a nadie, una quiere estar sola, necesita estar tranquila, acaba de comenzar uno de los momentos más importantes de tu vida y parece ser que nadie se entera de nada. Yo sólo quería que estuviera mi marido, el padre de mi hijo. Pero empezaba a llegar más y más gente, unos reían, otros hablaban, otros me preguntaban, etc, etc. y yo sólo quería respirar, aguantar el dolor, respirar, aguantar el dolor, sentir, llorar, gritar, y no tuve esa oportunidad. Me la robaron, me robaron mi momento.

Después de horas y horas de espera, a las seis de la tarde me volvieron a bajar para examinarme y, nada. Aún no había dilatado lo suficiente y el tapón seguía sin borrarse por completo. Así que después de ponerme de nuevo los monitores me mandaron para planta otra vez, la habitación 103, no se me olvidará. Debía quedarme allí hasta que notase algo diferente o fuesen las diez de la noche.

No tuvieron que venir por mí pues antes de que fuesen las diez de la noche ya di un aviso. Yo estaba en la habitación y conmigo unas quince personas, imaginense. Le dije a mi marido que me acompaña al baño, pues me daba miedo que en una contracción perdiese la fuerza y me cayese. Me fui al baño con él, necesitaba soledad y necesitaba hacer de vientre, una cosa que en el momento vi tan natural como la vida misma y ahora quizás me dé algo de vergüenza, pero sigo pensando que sola no podía ir al baño. Una vez estábamos allí, sentí cómo la paz me invadió, cómo respiré unos segundos y, en una de estas me ví cómo rompía la bolsa, se escuchó caer el líquido y me dije «eso no es pis».

Inmediatamente le dije a mi marido «nene, acabo de romper aguas» y me dijo «¿en serio?», y le dije, «si, ya viene nene, esto es que ya he dilatado algo, las contracciones son más fuertes». Salí del baño, mi marido dijo que había roto la bolsa y todos se prepararon, muchos me acompañaron abajo, recuerdo ver a mi hermana y a mi cuñado, a mi padre, a mi madre, a mi cuñada y a mi suegra, a mi tia y a mi abuela, ¡todos!

Qué mujer tan afortunada, podrán pensar muchos… Sí, muy afortunada para que me pillase en un momento en el que necesitase ayuda, pero yo en ese momento sólo quería estar con mi marido y mis contracciones y, pronto, con mi bebé. Sólo quería intimidad y creo que toda mujer lo necesita. Pero no la tuve, al menos cómo yo deseaba, y si pariese de nuevo no lo permitiría.

Una vez ya estaba en dilatación me quedé sola con mi marido, aunque no por mucho tiempo, pues volvían a entrar y salir de allí los familiares, cosa que los médicos deben preguntar a la mujer que está de parto. Pero lo importante es que me hicieron el tacto definitivo. Eso sí, me dolió como si me desgarraran, me dolió muchísimo ese tacto pues al mismo tiempo me estaban dando auténticas contracciones. Esas contracciones son las que duelen pues una vez has roto la bolsa se vuelven inhumanas, se siente auténtico dolor.

Cuando el matrón me hizo el tacto me dijo que estaba dilatada de cinco centímetros y que ya había borrado todo el tapón, que ya sólo faltaba esperar. Recuerdo que me hicieron firmar los papeles para el nombre de mi hijo y unas cuantas de cosas más y estando de pie no podía contenerme, era como si quisiera tirarme al suelo, gritar, revolcarme, ese dolor no se puede comparar con nada. También recuerdo que el nombre del bebé no lo dijimos hasta que nació pero claro, debían preguntar por si acaso. La cuestión es que yo no estaba para ponerme a pensar en papeleo…

No sé qué era lo que venía ahora, pero yo tenía claro una cosa: necesito tirarme al suelo y agarrar algo. Así fue, me fueron dando contracciones a cual más dolorosa y me dijo el matrón que a esperar. Me metí en dilatación con mi marido y le dije: «nene, yo no quería la epidural pero creo que me la voy a poner, esto duele muchísimo«. Así que justo diciendo eso, me vino el matrón y me preguntó que si quería ponerme la epidural o no, que había que firmar el papel si quería ponérmela y le dije que sí, bueno en realidad dije: «¿dónde hay que firmar?«.

Unas contracciones más y me mandaron a la anestesista, una profesional de diez, pues lo hizo estupendamente, pero mejor aún lo hizo la enfermera que me acompañó todo el tiempo mientras me la ponían. En el momento de poner la anestesia no puedes moverte ni un pelo y resulta que es cuando más quieres moverte pues el dolor es insoportable, las contracciones eran muy fuertes. La enfermera me agarraba las manos para darme apoyo y paz, y así fue, si no llega ser por ella, no sé qué hubiese sido de mí, yo solo quería moverme y gritar, y no podía. Recuerdo el nombre de la enfermera, Mónica, no se me olvidará. Gracias Mónica, de verdad.

Me pusieron el catéter para la epidural y me llevaron a la sala de dilatación a esperar a que llegasen esos 10 centímetros para parir. La epidural no me hizo efecto totalmente pues la pierna derecha me dolía muchísimo, notaba cómo me seguían las contracciones y ya no existía intervalo entre contracción y contracción, iban unas detrás de otras. Así que el matrón me puso un poco más de anestesia y en ese momento, rendida ante el dolor y el cansancio me quedé dormida quince minutos. Me vino tan tan bien que ni yo me lo creía y es que estaba tan cansada, llevaba dos días sin dormir… Yo me había levantado el dia 24 a las siete de la mañana y era el día 26 a las doce de la noche o así. Llevaba eso, casi dos días sin dormir, con dolores, contracciones, y todo lo que ya sabéis.

Poco antes de las dos de la mañana vino el matrón a decirme que me preparase, que ya estaba de ocho centímetros y que faltaba poco. A las dos y media de la mañana estaba de diez centímetros y me llevaron a paritorio.

Lo pasé mal. El matrón se echaba encima mía para hacerme la maniobra esa que está prohibida, pero que parece que eso no importa. Una y otra vez, no me daba la oportunidad de empujar libremente, yo podía empujar libremente, las contracciones no me dolían tanto pero es verdad que las veía venir, sentía un dolor en una pierna ya que una parte no se durmió del todo.

Pujaba y pujaba, y volvía a pujar pero mi bebé no salía. Llegué a escuchar de todo allí dentro, y eso es algo que no debería pasar, pues una mujer pariendo necesita su espacio y sobre todo tranquilidad dentro de lo que cabe. Dijeron que mi marido tenía que salirse para fuera pues iban a realizar la técnica de las ventosas al bebé y no podía estar allí, así que sola. Una vez pusieron las ventosas a mi bebé me dijeron ahora sí tienes que pujar y dije mi niño tiene que venir bien al mundo, y tengo que ser yo quien le dé la vida, así que es ahora o ahora. Y entre pujo y pujo me dijo el matrón, «sólo dos veces más y tu niño está afuera».

Así fue, empujé con todas mis ganas y mi niño salió. No olvidaré el momento de notar a mi hijo salir de mis entrañas para ver la luz de este mundo por primera vez.

Mi hijo nació a las 03.58h de la madrugada del 26 de enero de 2019 y fue el día y momento más bello de mi vida. Él ya estaba conmigo. Me lo colocaron encima mía justo al nacer y recuerdo tocar su espalda, sus piernecitas y no paraba de llorar, ni él ni yo. Aunque creo recordar que él paró de llorar un poco cuando estuvimos piel con piel, pero yo no, yo lloraba más aún.

Lo cogieron para hacerle sus pruebas y lloraba y lloraba y yo lloraba más con su padre, los dos nos mirabamos y nos dimos cuenta que habíamos hecho lo mejor que podíamos hacer en la vida, a nuestro hijo.

Y le dí la vida, sí, a pesar del dolor, de las horas, de las pocas fuerzas, de lo joven y nueva que era. LE DÍ LA VIDA. Pero no me quedó muy claro si fui yo quien dió la vida a mi hijo o mi hijo quien me dió la vida a mí. Está claro que yo le dí la vida, pero él me devolvió la mía.

Ya estaba conmigo, yo ya era feliz, pero claro no todo es un cuento de hadas, y a pesar de que yo lo quería más que a nadie en este mundo y que él estaba bastante sano vinieron complicaciones de otros tipos. Llegó el momento de la lactancia, el momento del posparto y momentos de emociones, contradicciones con el entorno y mucho más.

Quiero dejar claro una cosa: jamás le cogí ni odio ni nada parecido a mi bebé. Al revés, sólo quería estar con él y protegerlo, disfrutar de cada instante porque sabía que iban pasando los días y él estaba creciendo. Y, mientras él crecía, yo como persona y como madre también lo hacía.

Tras el parto estuve tres días en el hospital, pues mi hijo no agarraba. Bueno, sí agarró. Nada más nacer mi hijo se cogió al pecho, pero una vez subimos a planta un auxiliar me lo quitó de los brazos para cambiarle el pañal. Pero, ¿qué estupidez era esa? Así es, un inepto. Pues «gracias» a ese inútil de la vida mi hijo volvió a tardar dos días en coger el pecho. El domingo por la noche parece que se agarró un poco. Lo intentamos de todas las maneras pero no cogía. Y una vez cogió nos dieron el alta.

Yo me negaba a darle un biberón, necesitaba alimentar a mi hijo con mi leche, tenía y mucha. Pero no entendía nada de nada y eso me hizo cometer errores que por suerte ahora no los lamento, pues mi hijo sigue tomando pecho de una forma muy normal y buena. Pero, a pesar de no haberle dado ninguna otra cosa que no fuese mi leche, es verdad que se la dí un tiempo en el bibi, y es que mi pecho estaba destrozado porque el agarre de mi pequeño era fatal. Pero tuve suerte, pues una vez me curé de las heridas volví a ofrecerle el pecho y lo cogía mejor que nunca.

Luego vinieron otras complicaciones: una obstrucción, dos mastitis y casi una isquemia en el pezón. Pero eso no era todo, según especialistas se debía a que mi niño notaba mis emociones y eso podía provocar las mastitis entre otras cosas.

Así es, emocionalmente no me encontraba nada bien pero la culpa no era mía, era de mi entorno. Todos opinan, todos hablan pero nadie es capaz de preguntar. No sé ni cómo empecé a recuperarme sola. Bueno sí, la fuerza me la daba mi bebé. Yo pensaba que él necesita que su mamá esté bien así que me dispuse a salir y a trabajar en mis proyectos de la mano de mi bebé. Lo llevaba, y lo llevo, a todos lados conmigo. Me encanta ser una mamá capaz de llevar todo para adelante. Así comenzó la aventura de mi segundo libro, el que me dio la luz para crear un espacio como maternidadverdadera.com y con el que creo que he podido avanzar. Sin todas mis fuerzas, el posparto es imposible de llevar, es un monstruo creanme.

Seguramente fue mi segundo libro la terapia que necesitaba, como descargar sobre él toda mi ira y reivindicar que la maternidad la hacen las madres y que las madres necesitan ejercer la maternidad sin olvidar que una madre necesita estar con su hijo. Así que, con «Carne de mi carne» comenzó mi recuperación, y ayudaron mis paseos con mi amiga y su bebé. Estas pocas tardes de paseo me han dado la oportunidad de saber que hay más detrás de la familia y el entorno más cercano, que una debe salir y relacionarse con otras madres, con amigas, con mujeres, porque entre nosotras nos entendemos y bastante bien. Lo único que faltan son las ganas y la disposición de todas a hacer que la maternidad sea algo NUESTRO.

Ser madre te cambia la vida, te cambia la manera de concebir el mundo; pero, es lo mejor que puede ocurrir. Que una personita tan inocente sea capaz de tanto, es maravilloso. No cambiaría nada de lo que pasé, pues gracias a todo, supongo, tengo lo más valioso y ya NADA MÁS IMPORTA.

Esta es mi historia, y que digan lo que quieran.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *