Un bonito encuentro agridulce

Siempre recordaré ese día que cambió mi forma de pensar…

… Siempre recordaré ese día que cambió mi forma de pensar, porque esa semana en concreto había perdido a mi abuela paterna cuando supe a ciencia cierta que realmente había una pequeña vida creciendo en mi. Cuando tienes sentimientos encontrados sólo te puedes guiar por un solo órgano, el corazón.

Mi marido opinaba que era mejor esperar más adelante pero, cuando fui a la revisión un 18 de septiembre de 2018 y ví a esa pequeña manchita en una pantalla, olvidé lo que me había dicho y seguí adelante. No me puedo quejar del embarazo que tuve, ya que fue bueno; los hay mejores, los hay peores y mucho peor.

Cada revisión me alegraba más de haberme hecho caso a mí misma y por supuesto mi marido cambió de idea. Cuando ya se cumplía el octavo mes empecé realmente a estresarme, por culpa de mi madre que siempre la tenía pegada o bien al teléfono o bien en mi casa para que no me quedara sola y por culpa de los miedos que a todas nos pasa: «¿Seré una buena madre? ¿Sabré reconocer realmente las contracciones de parto? ¿Qué pasará?». Preguntas que parecían que nunca se resolverían.

Llegó la fecha que habían dicho los ginecólogos (tanto privados como públicos) y no había indicios de que quería salir mi bebé. Aún así todo iba bien.

Una semana y cinco días más tarde y, tras tres citas de correas me ingresaron para provocarme el parto y, aquí es realmente donde empezó todo.

Ingresé a las ocho de la mañana del 29 de mayo del 2019. Diez minutos más tarde me pusieron las cuartas correas. Todo bien, pequeñas contracciones que no había que preocuparse. Me ponen el dilatador y me mandan para la habitación a espera del medio día, que me pondrían las quintas correas. A la una del medio día recibo la visita de mis padres, junto con mi marido y nos fuimos a pasear por la terraza, fue ahí donde empecé a sentirme mal ya que las contracciones iban en aumento.

A las dos y media de la tarde me bajan de nuevo a correas y media hora más tarde empieza todo ya que las contracciones eran más fuertes y seguidas. Mi marido se había ido a comer pero mi madre lo llamó diciendo que había empezado ya. En menos de cinco minutos, lo tenía a mi lado en paritorio.

Dilataba un centímetro cada dos horas. Nada rápido. Cuando ya estaba de tres centímetros me pusieron la epidural, una bonita practicante anestesista que parece que odia a las personas. Trató a mi marido mal diciéndole que saliera de la habitación porque no podía trabajar con gente ajena a ella y mirándola. Callado, se fue y yo que no podía contestar ya que las condiciones en las que estaba me lo impedían. A mí me vino justo en el momento de pinchar una contracción y, la frase que nunca olvidaré: «o te estás quieta o me voy y no te pongo la epidural«. No pude contestarle tampoco.

Seguimos esperando a que dilatara hasta diez centímetros, mis piernas estaban sin sensibilidad ya que me habían puesto la bloqueante. Mi bebé de todo el tiempo que había pasado se me paró tres veces dentro de mi. Por suerte, se pudo salvar. A los diez centímetros, la ginecóloga y la matrona me explicaron cómo pujar y así lo hice pero mi bebé no terminaba de encajar y lo único que hacía era sufrir ya que el bebé hace cinco veces más fuerza que una misma.

La matrona se había ido y la ginecóloga se había sentado en un taburete y animandome a que pujara, me pareció que me estaba tomando el pelo y vi a mi marido echarse las manos a la cabeza. Me dijo que pidiera la cesárea ya que tanto yo como el niño estábamos sufriendo. Realmente yo no sabía que el niño se había parado tres veces hasta que me lo dijo él, porque se ve que las noticias solo se la dan al acompañante, yo pensaba que lo que me hacían ahí debajo era por rutina, estaba equivocada.

Tras 22 horas de parto llegó el momento de la cesárea de urgencias y cuando escuché eso se me vino todo encima, entre que casi perdía al bebé y el miedo al quirófano me eché a llorar. Me metían prisa para relajarme ya que no puedes entrar a un quirófano con nervios. ¿Desde cuándo tienes un tiempo para llorar y estar nerviosa? ¿Es una competición o qué?

Cuando me relajé, un enfermero corriendo por el pasillo con la camilla me estaba poniendo la anestesia local y explicando todo.

Al entrar en el quirófano me pusieron los brazos en cruz y me los agarraba las enfermeras y el enfermero que me había anestesiado me agarraba la cabeza y me hacía caricias.

Lo noté. Noté que salía esa personita de mí pero no estaba bien. Lo notaba y no escuchaba su llanto. Mire el reloj que tenían en el quirófano y tras cinco minutos lo consiguieron reanimar. A mí se me habían subido dos personas encima para sacarme todo lo que te queda dentro, haciéndome asfixiar.

Y, por fin me enseñaron a mi pequeño. Me había dormido por toda la emoción. Me despertó mi marido en REA y estaba llorando y yo no sabía por qué. Era porque estaba feliz enseñándome las fotos de nuestro niño. Me eché a llorar. Me dijo que tenía que estar dos horas en REA y luego me subirían a planta. Luego entró mi padre feliz y al salir entró mi madre. Me dormí y me desperté a los diez minutos.

Al pasar las dos horas me dieron a elegir, en dadme al bebé desde ya o dejarlo una noche en pediatría. Lógico que elegí tenerlo. Y así fue, me llevaron a la habitación y a los diez minutos me llevaron a mí principito. Esa noche se quedó mi madre conmigo para ayudarme con el bebé ya que al estar cesareada tus movimientos se ven muy limitados.

A las doce de la noche el bebé comenzó a llorar sin parar, a vomitar y a asfixiarse. Pero ¿qué estaba pasando? En lo que fue un día medio feliz, quitando el momento desagradable de la practicante anestesista, se convirtió en una malísima pesadilla.

Las enfermeras no se explicaban que pasaba y devolvían al niño a los dos minutos llorando.A las 6 de la mañana seguía llorando y asfixiándose y las enfermeras por fin reaccionaron llamando al pediatra de guardia. Se lo llevaron a las ocho de la mañana.

Llorando mi madre, llorando yo… No sabíamos nada. Le hablaba a mi marido de que no habíamos dormido nada ya que el niño estuvo asfixiándose y llorando. No olvidaré el vómito saliéndole hasta por la nariz y quedándose blanco y, las enfermeras la contestación que daban: no pasa nada, cuando esté morado o azul es cuando nos puede llamar. ¿En serio hay gente así?

A las nueve de la mañana nos devolvieron al niño, el pobre dormido y bañadito. Nos dijeron que no lo despertaramos. Lógico que no lo iba hacer. Mi madre salió a hablar con el pediatra y no me quiso decir nada. Cuando llegó mi marido se lo había dicho a él. Parece ser que la primera noche no tenían porqué haberme dado al niño. Se tenía que haber quedado en pediatría para poder aspirarle todo lo que tenía dentro y no lo hicieron, quizás por ahorrarse el trabajo y por eso mismo el niño se asfixiaba y vomitaba, porque quería vivir y no morir.

Yo me eché a llorar ya que empezaban mis hormonas a jugármela. ¿Por qué no me lo dijo a mí? ¿Por qué me dieron a elegir y no me dijeron lo que conllevaba? Es lógico que una quiera estar con su hijo. Me sentía una inútil, hasta me lo llegué a decir delante de mi gente y mi madre, como es de esperar, tacto cero.

La última pesadilla fue la de mi bebé llorando porque nadie, ninguna matrona a excepción de la del último día me supo decir que al estar cesareada la leche de mi pecho tardaría 3 días en subir. Mi bebé se quedaba con hambre si no fuese por el biberón de urgencia que tenías que pedir previo, eso sí algunos dándoselo frío.

Mis pezones se agrietaron porque mi bebé por mucho que succionara no había nada. La buena información brilló en toda la estancia en el hospital, pero por su ausencia.

Ahora de lo único que me arrepiento es de las pesadillas que tuve esas horas en ese hospital y con esas personas. Hoy por hoy, tengo a mí principito conmigo y adaptándome a la nueva vida. Madre primeriza. 

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